Mi amiga Christine y su esposo se sentaron a cenar en casa de sus tíos. A su tía le habían diagnosticado recientemente un cáncer agresivo. Antes de que empezaran a comer, su tío preguntó: «¿Alguien tiene algo que decir?». Christine sonrió porque sabía qué quería decir: «¿Alguien quiere orar?». Él no era creyente en Jesús, pero sabía que Christine sí lo era, y esa era su manera de invitar a orar. Con palabras sentidas, ella agradeció a Dios por su cuidado y pidió que realizara un milagro para su tía.
Con más tiempo libre, mi plan para los próximos meses era servir a las personas tanto como pudiera. Pero mientras ayudaba a una nueva amiga, tropecé, me caí y me fracturé el brazo. De repente, yo era la que necesitaba ayuda. El pueblo de Dios me cuidó con visitas, tarjetas, flores, llamadas telefónicas, mensajes de texto, oraciones, comidas (e incluso una caja de chocolates) y haciendo mandados. ¡No podía creer lo amables que fueron mi familia, amigos y hermanos de la iglesia! Era como si Dios estuviera diciendo: «Siéntate. Necesitas ayuda. Verás cómo es que te cuiden». Gracias a ellos, sé más sobre servir de corazón y estar agradecida a Dios por los demás.
Benefactores adinerados en comunidades de todo Estados Unidos han hecho una promesa inspiradora a los estudiantes: si obtienen buenas calificaciones durante sus trece años de escuela en su distrito, los benefactores pagarán por cuatro años en una universidad pública en su estado. En algunas ciudades, las estadísticas han mostrado que, después de escuchar la noticia, esto motiva a los estudiantes, ricos y pobres, a mejorar. Un maestro dijo: «Ha sido un cambio total de mentalidad. Todos los niños de jardín de infantes dicen que van a ir a la universidad». La promesa de lo que vendrá aumenta su deseo y esperanza para el futuro.
Tomás, de siete años, admiraba los brillantes trofeos de su papá de torneos de atletismo de la escuela que estaban en un estante. Pensó: Quiero uno para mi cuarto. Entonces, preguntó: «Papá, ¿puedo tener uno de tus trofeos?». Sorprendentemente, el hombre respondió: «No, Tomás, son míos. Yo los gané, y tú puedes ganar los tuyos». Entonces, planeó que, si el niño daba una vuelta a la manzana corriendo en determinado tiempo (sabía que su hijo podría hacerlo), le daría un trofeo propio. Con la guía de su papá, Tomás practicó, y una semana después, él lo alentó a que corriera en ese tiempo. Tomás aprendió lecciones de autodisciplina y trabajo duro, y su papá lo felicitó con un premio.
Betty está preparada. Comenzó a seguir a Jesús de adolescente y siempre ha aprovechado oportunidades para servirle y agradarle. Asiste a estudios bíblicos, servicios en la iglesia y reuniones de oración. Ha enseñado, visitado campos misioneros, trabajado en la guardería, servido junto a la esposa del pastor, y le encanta estar con el pueblo de Dios. Lo asombroso es que tiene 102 años y sigue estando lista para hacer lo que le agrade a Dios. Es una inspiración para muchos que quizá a veces no tienen ganas de reunirse con otros creyentes. Ahora Betty dice que está ansiosa por llegar al cielo para estar con su Salvador: «¡Estoy lista para ver a Jesús! Lo amo tanto».
Cuatro de nosotros recorrimos a pie el hermoso desfiladero de Watkins Glen, en Nueva York. Contemplamos maravillados cascadas y acantilados de sesenta metros. Cuando nos acercábamos a la cima, un excursionista que bajaba nos dijo: «Solo quedan 10 de los 832 escalones». Quizá fue mejor no haber sabido lo difícil que iba a ser el camino, porque nos habríamos detenido y perdido toda esa belleza.
«Si Jesús estuviera sentado con nosotros a la mesa esta mañana, ¿qué le preguntarían?», les dijo José a sus hijos durante el desayuno. Los varones pensaron en sus preguntas más difíciles: cómo resolver los problemas de matemáticas más complejos y el tamaño que realmente tiene el universo. Entonces, su hija respondió: «Yo le preguntaría si me daría un abrazo».
Brad se mudó a otra ciudad y, de inmediato, encontró una iglesia donde asistir. Fue a las reuniones durante unas semanas, y luego, un domingo habló con el pastor sobre su deseo de servir como fuera necesario. Dijo: «Solo quiero “tomar la escoba”». Empezó acomodando las sillas y limpiando los baños. Tiempo después, la congregación descubrió que el don de Brad era la enseñanza, pero él estaba dispuesto a hacer lo que fuera.
Mi amiga Jerrie tenía un breve receso, así que nos apuramos para entrar en un restaurante de comidas rápidas para almorzar. Casi al mismo tiempo, seis jóvenes entraron delante de nosotras y se pararon frente a las dos cajas, para asegurarse de que pudieran ordenar primero. En ese momento, oí que Jerrie se decía susurrando: «Muestra gracia ahora». ¡Vaya! Sin duda habría sido bueno que nos dejaran pasar primero, pero qué gran recordatorio sobre pensar en las necesidades y los deseos de los demás, y no solo en los míos.
Durante años, una madre oraba mientras ayudaba a su hija adulta con problemas de salud a encontrar consejo y tratamientos. Sus altibajos extremos pesaban sobre el corazón de esa madre día tras día. A menudo agotada por la tristeza, entendió que ella también debía cuidarse. Una amiga le sugirió escribir sus preocupaciones en papeles pequeños y colocarlos en «el plato de Dios» junto a su cama. Esta práctica simple no eliminó todo el estrés, pero ver el plato le recuerda que esas preocupaciones no están en sus manos sino en las de Dios.